
Dicen que los perros no entienden la ausencia, pero esto no es así, porque cuando alguien que amamos desaparece, lo sentimos en cada rincón vacío.
Hoy, leerás la historia de un perro que sigue esperando a su humana que nunca regresó a casa, una carta que nunca fue escrita, pero que todos podemos imaginar.
Esta no es solo una historia sobre amor y lealtad, sino sobre una realidad que no podemos ignorar. Una realidad que nos duele. Que nos enoja. Que nos obliga a preguntar… ¿por qué ellas desaparecen?
No sé contar el tiempo como ustedes, pero sé que ha pasado demasiado.
Primero fueron unas horas. Después, una noche. Luego, el olor de la comida se quedó rancio en el plato, y la casa empezó a llenarse de ese silencio pesado que me dice que algo está mal.
No sé cuántos amaneceres han pasado sin que despiertes a mi lado.
No sé cuántas noches he dormido con la nariz pegada a la puerta, esperando escuchar tus pasos.
Sé que los días han cambiado porque la luz en la ventana se mueve diferente. A veces es cálida, a veces gris. A veces entra con fuerza y otras apenas se asoma. Pero tú no has vuelto con ninguna de esas luces.
Yo conozco tu olor en cada rincón. En la almohada, en la bufanda que dejaste en la silla, en la chaqueta que te ponías cuando hacía frío. Pero tu olor empieza a desvanecerse, y eso me asusta.
No sé a dónde fuiste.
Primero pensé que volverías pronto, como siempre. Que la puerta se abriría y me encontraría con tu risa, con tus manos despeinándome, con tu voz diciéndome que todo está bien. Pero la puerta sigue cerrada, y el eco de tu risa se quedó atrapado en las paredes.
Al principio, no me preocupé.
Las rutinas cambian. A veces sales y tardas más en volver. A veces llegas oliendo a otras, a esas que te rodean en la ciudad, a ese aire que trae mil historias enredadas en tu ropa. Pero siempre, siempre regresas.
Esta vez, no.
Te busqué. Fui a la puerta una y otra vez. Me quedé quieto, esperando, escuchando cada ruido en la calle por si eran tus pasos. Miré a las personas que pasaban, buscando tu sombra entre ellas. Pero nadie me devolvió tu olor. Nadie me trajo de vuelta tu voz.
Algo pasó.
Sé que algo pasó porque otros han venido. Han susurrado, han llorado, han pronunciado tu nombre con esa tristeza que tiene el olor de la pérdida. Han intentado calmarme, pero sus manos no son las tuyas, y sus palabras no me devuelven lo único que quiero.
No sé de justicia, pero sé de ausencias.
Y sé que tú no querías irte.
Porque tú siempre volviste. Porque, aunque a veces la ciudad te tragaba por largas horas, siempre encontrabas el camino de regreso. Porque me prometiste que estaríamos juntos por mucho tiempo.
Pero no siempre nos dejan elegir.
Y lo sé porque he visto cómo el miedo camina a tu lado cuando sales de casa. Porque te he escuchado hablar con otras, con voces parecidas a la tuya, contando historias que no deberían ser ciertas. Historias de otras que también dejaron un plato servido en la mesa, una bufanda en la silla, una cama tibia que nunca más pudieron desordenar.
No entiendo por qué.
No entiendo por qué hay quienes creen que pueden tomarlas, desaparecerlas, arrancarlas del mundo como si sus vidas fueran de alguien más.
No entiendo por qué me quitaron tu olor, tu voz, tu risa.
Lo que sí entiendo es que aquí sigo.
Te espero.
Porque todavía me aferro a la idea de que algún día la puerta volverá a abrirse y volveré a escuchar tus pasos en la escalera. Que tus manos me revolverán el pelo y me dirás que me porté bien mientras no estabas.
O, al menos, si no puedes volver, que alguien grite tu nombre tan fuerte que el mundo entero lo escuche.
Que nadie te olvide.
Que la casa no se quede en silencio.
Que tu olor no se borre de este mundo.
Pero los días siguen pasando, y la casa sigue oliendo a ausencia.
Intento recordar todo de ti.
El sonido de tu risa cuando jugábamos en el suelo.
El ritmo de tu respiración cuando dormías.
La forma en que me mirabas cuando me portaba mal pero no podías enojarte de verdad.
Pero la memoria es como el viento: a veces fuerte, a veces apenas un susurro. Y tengo miedo de que, si pasa demasiado tiempo, los detalles se desvanezcan como tu olor en la bufanda.
Afuera, la gente sigue caminando, hablando, viviendo.
Las luces se encienden y apagan en los edificios, los autos van y vienen, el cielo cambia de color como si nada hubiera pasado.
Pero aquí, en este espacio donde te espero, todo está detenido.
He aprendido que la ausencia pesa más que cualquier sombra.
Que el amor no solo es compartir, sino también esperar.
Que algunas personas tienen el poder de arrebatar lo más preciado, sin que nadie pueda detenerlas.
Que la ciudad no siempre devuelve lo que toma.
No sé cómo funciona el mundo de ustedes. No entiendo sus reglas ni sus razones.
Solo sé que yo estaba hecho para esperarte.
Para acompañarte.
Para caminar a tu lado, sin importar a dónde fueras.
Pero no me dejaron hacerlo.
Alguien decidió que ya no estarías aquí.
Y ahora solo quedan preguntas que nadie puede responder.
Algunas noches sueño que la puerta se abre.
Que tu voz llena otra vez la casa, que tus pasos resuenan en el suelo, que tu olor vuelve a envolverme.
Que todo vuelve a ser como antes.
Pero me despierto y el silencio me recuerda que los sueños no siempre se hacen realidad.
Aún así, sigo esperando.
Porque esperar es lo único que me queda.
Esperar.
Y hacer que nadie, nunca, olvide tu nombre.


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